Valencia, 4 de Febrero de 1998 |
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Neo-Reflexiones Vigencia del pensamiento de Carlos Rangel Rafael Alfonzo H. En 1922, con la publicación en alemán de su Socialismo -apenas cinco años después del inicio del costoso y trágico experimento de ingeniería social que fue el socialismo de la Urss y sus satélites -Ludwig Von Mises demostró teóricamente la inviabilidad económica del marxismo-leninismo. Pocos años después, Friedich Von Hayek publicó su famoso Camino de Servidumbre, angustioso llamado de alerta que mostró cómo los avances del socialismo (aun del más "moderado") conducen inexorablemente a la pérdida de la libertad y, en fin, al más cruel, corrupto e ineficiente totalitarismo. Aunque no vislumbraran el cuándo, Mises y Hayek sí tuvieron perfectamente claro el por qué del inevitable colapso del socialismo. Y no fueron los únicos. Junto con ellos, una pléyade de pensadores se percató -unos también tempranamente, otros algún tiempo después y otros quizás con evidente retraso intelectual- de que sin cálculo económico, sin mercado, no hay posibilidad de una economía eficiente, de una sociedad próspera y, por ende, sana, viable y plena de libertad. Carlos Rangel está en la tradición de esos pensadores ilustres. Su estatura intelectual se reconoce ahora, como suele ocurrir, tardíamente. Trasciende lo venezolano y lo latinoamericano, para ocupar un justo sitio de dimensión mundial. Con respecto al marxismo-leninismo y con el conocimiento de la realidad mostrada en 70 años de "socialismo real", compartió con Mises y Hayek la convicción sobre la inevitabilidad de que, en la práctica, "salvo la previsión de un despotismo necesario, que se ha demostrado con creces, ninguna de las previsiones del marxismo se ha cumplido". En el ensayo que le da título a su obra póstuma, resume admirablemente su análisis del "socialismo real" y su convicción de que tal cosa no es posible sin ineficiencia económica, sin pobreza, sin la corrupción practicada por gobernantes y burócratas arbitrarios, autoritarios y privilegiados, sin ausencia total de libertad civil y política (a más de la económica), si el atropello y la crueldad estatal y, en síntesis, sin el impero del totalitarismo. Vale la pena citar una conclusión: "Todo indica que los marxistas concretos producen algo muy distinto, inferior y regresivo aún en comparación con las formas pre-industriales de la sociedad". Pero además de ahondar en las argumentaciones más o menos conocidas del pensamiento liberal, Rangel dio lo que sin dudas fue y es un aporte original y trascendental al análisis filosófico-social de la historia y del presente de la humanidad. Antes -como ahora más que nunca- resulta incuestionable su tesis, planteada primero en Del buen salvaje al buen revolucionario y ampliada y formalmente universalizada después con El Tercermundismo, de que una crasa miopía, basada en una tradición socio-cultural de vieja data y exacerbada luego por interesados feligreses del socialismo, hace recaer la responsabilidad del atraso de muchos pueblos del mundo al progreso y al desarrollo de otros pocos. Así, resumiendo la cuestión en palabras de Rangel, por mucho tiempo se ha querido "identificar en forma simplista o francamente equivocada las causas de la pobreza de las naciones del Tercer Mundo, atribuyéndolas sobre todo a factores externos a las sociedades subdesarrolladas, y haciendo abstracción 'púdica' de las deficiencias e incapacidades propias y tradicionales de esas sociedades". Tal aporte de Carlos Rangel al acervo del pensamiento social universal lo valora justamente Jean-Francois Revel, cuando en el prólogo a El Tercermundismo, afirma que este análisis "traza el único camino por el cual la inteligencia pueda llegar a formularse, claramente, el problema de las desigualdades económicas entre las naciones, y por lo tanto abre la posibilidad de buscar soluciones verdaderas a ese problema", puesto que "la única esperanza de vencer la pobreza que agobia a la mayoría de los hombres es que el diagnóstico tercermundista sea falso, es decir, que el desarrollo resulte no de un robo, no de un aporte exterior artificial el cual, por definición, no sería extensible a todos, sino que derive de un proceso interno de creación, de organización, de gerencia, de expansión y, en escala internacional, no del saqueo, sino del comercio". Y la reflexión sobre el pensamiento de Carlos Rangel es particularmente pertinente en este final del siglo XX. Pese a que el espectacular desplome del "socialismo real" -ante la demoledora evidencia de inviabilidad- tiene a las ex-repúblicas soviéticas, a los chinos y a unos cuantos pueblos corriendo desesperada y a veces, desordenadamente en pro del mercado y del capitalismo, como única vía posible de salvación, los llamados por Rangel "simpáticos pero confusos socialistas democráticos" persisten en sus anacrónicas tesis. En efecto, aun en las naciones que no fueron totalmente marxistas-leninistas, las secuelas de años de formas de organización económica y política con un alto ingrediente socialista (eufemísticamente llamadas socialismo democrático, social democracias, capitalismo de estado, socialismo con rostro humano, economías mixtas, etc.) son y por mucho tiempo continuarán siendo terribles. Las consecuencias inmediatas de los intentos de liberalización, de apertura, de globalización, de privatización, de vigencia del mercado y de creación de capitalismo de democratización y participación, resultan muchas veces traumáticas. Y aquí es cuando vuelven por sus fueros los defensores de las "terceras vías", del socialismo atenuado (como si tal cosa fuera posible). Los ogros del pasado siguen siendo los mismos: los otros, los que impiden que los "buenos salvajes" se desarrollen. Además de las naciones industrializadas (con los estados Unidos a la cabeza) el imperialismo se vale también ahora de los entes multinacionales (el FMI, el Banco Mundial, la Comunidad Europea) y de herramientas teóricas (como la necesidad de la globalización) y tecnológicas (como el desarrollo de las telecomunicaciones) para mantenernos explotados y dependientes. A eso, dicen, y no a la persistencia de las muy deficientes e inapropiadas estructuras de propiedad, de producción e intercambio que ellos contribuyeron a crear en nuestros atrasados países, se deben las complejidades y los desajustes sociales que nos agobian a la hora de tratar de emprender la sinceración y la racionalización de nuestras sociedades. Es la misma letanía de siempre. Cuando, en la segunda mitad de los años 40, Hayek ideó y creó la Sociedad Mont Pelerin, la concibió como instrumento para librar la guerra, que previó muy larga, contra el totalitarismo. Por fortuna el pesimismo que algunas veces invadió a Mises, a Hayek, a Rangel y a otros pensadores de la libertad, no se justificó plenamente. En términos históricos, el socialismo duró menos de los que muchos esperaron. Pero aunque ciertamente se han ganado batallas decisivas (el fin del mundo soviéticos en esta década es trascendental), la guerra no se ha ganado todavía en su totalidad. Quedan importantes "teatros de operaciones", "escenarios de guerra" que, por menores, no deben ser descuidados. Ni siquiera como terminación de la confrontación ideológica puede afirmarse con certeza que estamos ante el "fin de la historia" de que habla Francia Fukuyama. Ante los pertinaces esfuerzos que los socialistas más o menos disfrazados siguen desplegando para llevarnos, aunque sea gradualmente, al totalitarismo, debemos seguir dando la batalla de las ideas.
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