opinión
Valencia, 27 de Febrero de 1998


 

Editorial
Notitarde
C.A.

Homilía sobre Borburata

Monseñor Ramón Linares

Borburata se ha vestido de fiesta. Su iglesia antigua y sin pretensiones de grandeza, lo mismo que sus tres plazas se han vestido de su mejor gala para recibir a estos calificados peregrinos, no sólo de sus pueblos hermanos de la costa, sino de todo el estado Carabobo y de más allá de Carabobo. Aquí está presente el Obispo de esta recién creada Diócesis de Puerto Cabello, que tiene este hermoso privilegio de presidir, como primer obispo, esta eucaristía. Aquí están presentes las autoridades del estado con su decreto firmado que declara a Borburata, por el día de hoy, ciudad capital. Aquí están presentes las autoridades del municipio Puerto Cabello. Aquí están, engalanados, todos los vecinos de Borburata. La razón fundamental de esta gran congregación son 450 años de historia y 450 años de testimonio ininterrumpido de fe cristiana católica, fe en Nuestra Señora de la Concepción y fe en el Santo Cristo de la Salud, acompañados con los testimonios de fe popular multitudinaria y bullanguera de San Juan Bautista y San Pedro el príncipe de los apóstoles de Cristo.

Contigo Borburata nos unimos hoy a Venezuela entera, como primer acto de una celebración conmemorativa de los 500 años del descubrimiento de nuestro territorio y del inicio de la Evangelización llevada a cabo por intrépidos e insignes testigos del Evangelio. 1998 marca el año quintocentenario de la implantación del Evangelio y tú Borburata eres testigo de esa agitada historia inaugural, eres testigo de la formación de un nuevo pueblo venezolano, mezclado de blanco peninsular, del negro africano y del indio nativo. Eres testigo de una fe en Jesucristo y en sus misterios, que al pasar del misionero europeo al negro africano asumió aquí el ritmo y el sabor de los tambores. Eres Borburata la misma de siempre, pareciera que generación tras generación has ido transmitiendo tu historia y tus leyendas. Pareciera que para no dejar de ser tú misma te has mantenido escondida en este remanso de paz que en tu valle, lejos de las torres y las chimeneas de la industria y de la máquina e incluso lejos de las sirenas de los barcos que pudieran traerte malos e ingratos recuerdos de piratas y bucaneros. Casi podemos repetir hoy, cuatrocientos cincuenta años después, las crónicas que cuentan de tus orígenes. Dicen que debido a las incursiones de los piratas y bucaneros ingleses y franceses y especialmente después de la incursión del tirano Aguirre buscaste refugio en este sitio. Para la fecha de 1570 al 1575 hay estas afirmaciones que hablan de ti, Borburata, como "El mayor puerto que hay en toda la costa,... en otros tiempos estuvo bien poblado. Se despobló por causa de los corsarios franceses y por ser pobre la provincia a causa de los pocos naturales y del poco favor de su majestad" (1). Me parece que si nuestro ilustre y bien informado cronista, don Miguel Elías Dao escribiera hoy tu historia, hablaría seguramente del escaso crecimiento de tu población o de la ida de tu gente a otros refugios, como dijo el cronista, Antonio Barbudo, "por ser pobre la provincia a causa de los pocos naturales y por el poco favor de su majestad" y posiblemente descubriría otros males que dejo a los investigadores. Aquí, hasta las haciendas se acabaron o cambiaron de profesión sus dueños "por ser pocos sus naturales", pero ha seguido siendo el mismo "el poco favor de su majestad", aún después de muerto el Rey.

Recordando tu historia se viene a la mente espontáneamente la grande historia, la historia de todo este gran país de cuyas luchas tú eres un pequeño testigo, aunque otros pueblos que han recorrido contigo el mismo camino han sido mucho más afortunados al resurgir más vigorosos y con nuevas herramientas de lucha después de numerosas pruebas.

También como tú, los numerosos pueblos que fueron surgiendo después de aquel 1ß de agosto de 1498, fueron pueblos pobres, dispersos, sin atractivos de riquezas reales, lo que permitió que en lugar de explotadores de fortunas, que fracasaron ruidosamente en sus primeros intentos, recorrieran nuestro suelo las sandalias de pobres misioneros capuchinos, franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas fundando pueblos y sembrando el Evangelio. Ellos llegaron a esta tierra de gracia, impulsados, no por la sed del oro como los conquistadores, sino por la fuerza del Espíritu Santo conforme a la promesa del Señor que oímos en el Evangelio: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y en todos los confines del mundo". (Hech 1,8). A esos misioneros debemos nuestra fe. Una fe que fue sembrada tan profundamente en el corazón del pueblo, de las familias y de las manifestaciones culturales que ni los largos años de guerra por la Independencia, ni la cruel persecución del guzmancismo logró sepultarla. A falta de sacerdotes surgieron en los diversos pueblos de Venezuela, y también aquí en Borburata las cofradías y las madres catequistas que a su modo y a su buen entender sostuvieron la fe y el fundamento cristiano de todas sus tradiciones. Este siglo desde sus orígenes ha marcado un resurgir en la fe y ha visto de nuevo el reinicio de la presencia misionera de numerosas congregaciones religiosas, debiendo mencionar aquí como deber de justicia a los padres Agustinos que están para cumplir dentro de poco su primer centenario de haber llegado a Puerto Cabello.

Ahora te toca a ti despertar con nuevos bríos cuando despunta la aurora de un nuevo milenio. Despertar como pueblo organizado y con inmensas posibilidades por los peculiares atractivos de tus tradiciones y el encanto de pueblo de antaño que ha sabido custodiar. El nuevo encanto con que se viste hoy tu iglesia, tus plazas y tus casas parece que ha borrado al fin aquella vieja afirmación del cronista que apuntaba al "poco favor de su majestad" como causa de tu marginamiento. Tu fiesta cumpleañera y tu condición de hija primogénita de Carabobo te concede el legítimo derecho a reconquistar y exigir tu papel de favorita. La historia ha demostrado, y en tu propia piel lo has vivido durante 450 años, que el distanciamiento entre una comunidad y sus legítimas autoridades paraliza los procesos de desarrollo y desestimula las iniciativas de personas e instituciones. La consolidación del bien común sólo es posible cuando instituciones públicas y los miembros de las comunidades de manera orgánica y civilizada y en relaciones de respeto y estima mutuos, trabajan de manera mancomunada por el bien de todo el pueblo y no por el de grupos particulares. Es necesario tener altura de principios, la fortaleza de espíritu y un verdadero amor a la comunidad para superar las mezquindades y saber reconocer con valentía las buenas acciones de los otros cuando contribuyan al bien de la comunidad entera. Eso significa que el bien de la comunidad está por encima de cualquier otro interés por muy legítimo que pueda parecer. Sirva esta ocasión para expresar, como Obispo de la Diócesis, el agradecimiento de la Iglesia porteña a la Gobernación del estado Carabobo y al interés personal del ciudadano gobernador y de la arquitecto Elizabeth Canales como secretaria del Gobierno de la Costa por la culminación de estas obras que hoy embellecen a Borburata.

Creo que existe el consenso necesario para pensar que Borburata ha comenzado a despertar y ha comenzado a valorar lo que tiene y lo que se puede lograr cuando se unen las voluntades. Yo soy testigo, al menos desde dos años para acá, de cómo se está promoviendo una gran renovación en este pueblo, en sus organizaciones y especialmente en su juventud emprendedora y entusiasta. Su vida religiosa cristiana con sus modalidades que la caracterizan del resto del estado y sus típicas expresiones culturales le van dando nueva vida.

 


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