opinión
Valencia, 25 de Marzo de 1998


 

Editorial
Notitarde
C.A.

La abadía de Guigue

Juan de Dios de Sánchez

La abadía benedictina de San José, cuyas obras fueron finalizadas hace ocho años y la cual se edificó para sustituir a la antigua y querida abadía del mismo nombre, en Caracas, es una de las obras esenciales de la fe religiosa venezolana y visitarla se constituye en una experiencia gratamente inolvidable.

Ubicada a unos cuatro kilómetros de Guigue, es un edificio de ladrillo y concreto con obra limpia y ocupada, con espléndida presencia en la cumbre de un pequeño cerro.

La abadía benedictina tiene forma de cruz y uno de sus brazos, afincado en la tierra, incluye la iglesia y la torre campanario y la nave del templo. Debido a la característica del diseño permite sentir que flota y que en esa magnífica atmósfera, Dios se siente íntimo y evidente, lo mismo que su hijo y la magnificencia del espíritu santo.

En uno de los sitios especiales de la abadía benedictina esta parte de la estructura de la antigua abadía de Caracas.

Se trata de un trozo de sillería del coro que perteneció al viejo templo de Caracas, el resto de la cruz forma las instalaciones privadas y reservadas al culto, tales como las celdas de los monjes, el ala de servicios y el ala que alberga a los visitantes que cumplen con sus retiros en las instalaciones de la abadía.

Una de esas personas me refirió que, una dulce y dorada tarde de sábado, mientras recorría los alrededores de la abadía dentro del área reservada a los que están haciendo retiros, pudo sentir todo la fuerza de la fe y que llegó a comprender, casi a los 60 años, la diáfana dulzura y profundidad de Jesucristo como magna expresión para el creyente.

Fueron malos los tiempos para todos. Las operaciones de los negocios no estaban dando los resultados esperados y la salud se resentía, al lado de fuerza de la fe, cuando iban pasando los meses y dos enfermedades, miedo y soledad, se apoderaban del amigo.

Vino entonces a la abadía y fiel a las instrucciones tomó sus medicamentos, meditó y oró todo lo que pudo y, aunque iba encontrando cierta paz y sosiego, aún sentía los duros pinchazos del desaliento.

Aquella tarde vio lo dorado del sol llenando cada ambiente, oyó las risas apagadas por los árboles y entonces allí estuvo de pie, sin alardes, nuestro señor Jesucristo alargando la mano, como si se estuviera despidiendo.

No pronunció palabra alguna, pero en su limpia mirada se reflejó la eterna sabiduría del Nazareno. Mi amigo entendió y decidió no dejarse vencer. A los seis días de haber salido del retiro pudo comprobar la verdad de los ojos del Cristo: No desmayes nunca.

 


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