opinión
Valencia, 7 de Junio de 1998





Editorial
Notitarde
C.A.

María Anastasia Perón: heroína de Coro

Juan de Dios de Sánchez

La guerra federal fue un gran incendio que calcinó vidas, sueños y esperanzas. Fue llamada la guerra larga y en ella los desposeídos de la fortuna, el bravo y anónimo pueblo que había protagonizado los años de la epopeya y que vio naufragar sus sueños en las componendas de los grupos políticos y económicos, se lanzó por los caminos de Venezuela, detrás del trapo amarillo de los soldados de Ezequiel Zamora y de Juan Crisóstomo Falcón, en la loca búsqueda de la felicidad y de la liberación.

Por los caminos solitarios de la llanura, de los montes, en los pueblos y por el camino real marchaban los cada vez más fuertes ejércitos federales. El gobierno, incapaz de detenerlos, sólo peleaba y huía, y como en toda guerra, sobre todo las que se hacen en procura de romper las cadenas económicas, el pueblo hizo sus héroes, cavó sus tumbas, los rezaba y proseguía.

Uno de estos héroes fue una mujer. Veleña, es decir, nacida en la Vela de Coro, hermosa y decidida, voluntariosa y creativa, que se llamaba María Anastasia Perón y quien, además de ser soldado, dispara como el mejor y de soportar en silencio las penurias de la marcha, el peligro de las emboscadas y las acechanzas de serpientes y barrancos; era, al final del día o en el momento en que la necesitaran, una enfermera, firme y dulce a la vez, suave y severa al mismo tiempo para curar las heridas o para ayudar a bien morir al soldado que moría por buscar una patria mejor en una mañana diferente a la que estaba viviendo.

María Anastasia Perón se sumó a la revolución apenas pasó por la Vela. Dejó todo a un lado: casa y padres, y se fue detrás de las banderas de la esperanza. Amaba aquella avanzada hacia el centro del país, dejaba de lado los enemigos y ante ella, así como ante el pueblo anhelante de justicia, se abría el porvenir. Los pueblos se fueron sumando a la causa y cada vez muchos más hombres se incorporaban. Fueron dejando atrás los pelados cerros de Coro y se fueron acercando al centro del país. Ya las noticias que llegaban a su batallón hablaban de que, en El Palito, el gobierno había preparado una gran fuerza para detenerlos.

Sonreía la hermosa guerrillera y pensaba que era imposible detenerlos a todos, porque no los podrían matar a todos. Por eso, seguirían.

Y en El Palito María Anastasia demostró la verdad de su pensamiento, pero una bala penetró su cuerpo y por esa herida se le estaba yendo la vida poco a poco.

Y pidió que al morir la enterraran en la Vela y dijo que su muerte era útil y crispó los hermosos rasgos de su cara y ya, cuando el alma se le iba de un todo, alzó su cuerpo, ya casi sin vida, pero hermoso como flor de campo, y gritó: "Viva la Federación!".

Se cuenta que los soldados que la rodeaban no notaron al principio que agua salada mojaba los rasgos inmóviles. Fue cuando cayó la lágrima y se dieron cuenta de que haría mucha falta aquella magnífica mujer, amiga y enfermera que sólo dejó de mover las manos y alzar la voz cuando una bala le cortó la vida.

 

 

 


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