opinión
Valencia, 11 de Julio de 1998





Editorial
Notitarde
C.A.

Indocencias

Roraima

José Joaquín Burgos

Roraima Quiñónez no da cuartel. Ni lo pide. Ha sido, desde muchacha, una luchadora tenaz resteada con lo que considera justo. Con sus ideas. Con su militancia social. Con su conciencia. Así la conocemos desde su época de liceísta en el Pedro Gual. Apenas entraba en la adolescencia y ya tenía firmeza en sus convicciones. Junto con María Medina (otra bella y valiente muchacha) lideraba a sus compañeros, no solamente en marchas, manifestaciones, actividades de militancia política juvenil, sino en los estudios. Porque Roraima fue siempre estudiante ejemplar. Excepcional. "Alumna de 20", como solíamos decir los educadores de aquellos tiempos. Por eso aceptamos como algo muy natural que también fuera dirigente estudiantil en la Universidad. Y que, ya graduada, se integrase al personal docente del Alma Mater carabobeña, hasta llegar a ser presidenta de la Apuc, porque tenía y tiene sobradas condiciones para ello.

¿Qué ha sucedido, entonces, para que -como lo expresa la Prof. Yolanda Sevilla, ex presidenta de la Apuc- el Consejo Universitario de la UC, "con una mayoría circunstancial", aplique a la Prof. Roraima Quiñónez la sanción máxima de la suspensión definitiva "sin considerar que se trata de una universitaria integral, con 21 años de ejercicio docente, de investigación y extensión, que fue reelecta para ejercer la presidencia de la Apuc..."?

La noticia de la suspensión de Roraima se regó como pólvora. Y es justo, por amor a la Universidad y a la dignidad humana, hacer algunas consideraciones al respecto.

Desde hace muchos años la UC atraviesa una crisis profunda, como todas las universidades sostenidas por el Estado. Hay, virtualmente, una guerra no declarada pero sí descarada contra la universidad vargasiana. Y dentro de ella misma hay sectores que, tal vez por ignorancia o por simples apetencias personalistas o grupales, actúan como verdaderos enemigos del ser universitario. En esas simples palabras puede resumirse desde la negativa sistemática del gobierno a proveer oportunamente los recursos necesarios para el funcionamiento de la Universidad, hasta la existencia de aberraciones como la de los encapuchados. Añádanse a ello elementos tan extrauniversitarios como la carnetización y la partidocracia como méritos para alcanzar lauros profesionales y académicos, el predominio abierto y descarado de grupos de poder y la irresponsabilidad con que cualquiera de estos grupos decide, según sus intereses, cuándo hay clases, cuándo hay administración y hasta cuándo hay servicios obreros en la Universidad. No hay pozo petrolero que aguante ni pueda mantener a una institución que funcione dentro de esos parámetros. Ni aquí, ni en los países del más cruel y salvaje capitalismo (para usar un término papal), ni en la extinta Unión Soviética. La crisis, entonces, comienza adentro mismo de la Universidad. Y comienza por el irrespeto que sus propios hijos le tienen. Comienza cuando se busca la manera de amarrarle las manos y la conciencia al rector. Cuando se pone en duda la legitimidad de su autoridad. Cuando un grupo de personas, en nombre de un sector, invade las oficinas rectorales y las ensucia, las destruye, es decir, las infama, como para demostrar en una especie de guapetonería de barrio que ni la autoridad rectoral, ni los profesores, ni los estudiantes importan, sino únicamente ellos, porque pueden manejar el poder de violencia colectivo. Cuando el rector impone su autoridad frente a los autores de ese acto antiuniversitario, merece el respeto y el respaldo de la comunidad...

Pero -y en eso estamos-, ¿anduvo la Apuc, en la persona de su presidenta, metida en este atentado físico contra las oficinas rectorales? ¿Por qué se echa contra la presidenta de la Apuc toda la carga del castigo institucional? ¿Es, realmente, un apoyo al rector? ¿No será más bien una trampa urdida para crearle más problemas y generar más violencia en la ya cansada Universidad? Todo acto universitario, pensamos, debe ser docente, aleccionador. ¿Lo es el de liquidar la carrera docente de Roraima Quiñónez en la UC? ¿Era necesario llegar al extremo del castigo máximo? Evidentemente hay una estrategia, una inteligencia detrás de esta medida que no cuadra con el espíritu universitario.

Una tempestad que amenaza la paz universitaria.

Muchos graves asuntos debe atender, rector. Pero en sus pocos momentos libres piense, por favor, en lo que usted representa para la colectividad, para ese reino de la dignidad intelectual que debe ser la Universidad. Relea a Shakespeare, rector. Recuerde a Otelo, a Ricardo III, a Hamlet. No queremos verlo solo, en un escenario oscuro, recitando monólogos con una calavera en la mano. La Universidad es un recinto de luz...

Y tú, Roraima, mira tu propio corazón y tu conciencia, que oro te sobra en ellos para pagarle tu deuda de amor a la Universidad.

Y tú, Roraima, recuérdate a ti misma. La Universidad vale para ti lo que tu corazón y tu conciencia le paguen. Y ORO te sobra para hacerlo.

 

 

 

 


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