Los italianos en Venezuela

La presencia de los italianos en Venezuela es de muy vieja data y, de tan vieja que es y por lo bien que siempre se han asentado en nuestra tierra los hijos de esa península, que aquí se da por descontado que somos la misma gente. Podemos preguntarnos: ¿Habrá un apellido más apureño que Barbarito? ¿O más guayanés que Figarella? ¿O más trujillano que Leonardi? ¿O más merideño que Consalvi? Veamos cómo ha llegado a sucederse, a través de los siglos, ese fenómeno de imbricación ítala en lo venezolano.

Colón y Vespucio son los representantes más conspicuos de Italia en el descubrimiento, pero no son los únicos. Sin los dineros de los banqueros italianos de la Casa Medici no pudo haber expedición; sin los bastimentos aportados por el armador Gianotto Berardi, Colón se hubiera muerto de hambre o de sed en cualquiera de los tres primeros viajes. Sin los mapas de Toscanelli, el Almirante no hubiera podido orientarse en la Mar Océano. En la primaria nos enseñaron que las tripulaciones de Colón eran galeotes aragoneses, presos castellanos y delincuentes andaluces que cambiaban su sentencia por una aventura en un mundo desconocido. Eso fue verdad después, durante la Conquista y, más para poblar la tierra que para faenas de marinería. Pero, por lo ignoto a lo que debía enfrentarse, Colón debió escoger excelentes marineros, no carne de horca. Por eso, se hizo acompañar de algunos genoveses. En el primer viaje eran tres; en el cuarto llegaban a diecisiete, a pesar de que la corona -temerosa de perder el monopolio de las tierras descubiertas- había pasado, después del segundo viaje, un edicto, prohibiendo la venida al nuevo mundo de quienes no fueran súbditos del reino de Castilla.

Durante la Conquista, el oro, buscado desde el primer día por los descubridores, empieza a fluir hacia España. No obstante, ocurre una paradoja: España es el imperio más rico, pero a la vez era la metrópolis más pobre de Europa. La Corona estaba hipotecada; primero por la guerra contra los moros, después por los gastos de los primeros viajes y, luego, por las luchas de los emperadores de la Casa Austria por mantenerse en el poder en los Países Bajos. O sea, que los cargamentos de oro que venían de América debían ser entregados a los banqueros genoveses en pago de las deudas y, de esa forma, servían para impulsar, aún más, al renacimiento italiano. De manera que, aunque Felipe II trata de continuar la política de sus bisabuelos, los Reyes Católicos, de "...no poder estar o residir en Las Indias... a los que no fueren naturales de los reinos de Castilla, León, Aragón, Valencia, Cataluña y Navarra...", la riqueza americana llega a la península itálica desde los primeros momentos.

De los tiempos de la independencia -cuando se trata de hacer referencia a los italianos que ayudaron a ella- casi siempre se menciona a Codazzi y Castelli. Yo preferiría señalar que no sólo ellos fueron actores de nuestra epopeya. Otros, menos conocidos, son: Tomasso Molini, el fiel secretario de Miranda, quien viene con él en los intentos de invasión por La Vela y Ocumare y, que le es tan leal que comparte con él la prisión de La Carraca; es él quien reporta al gobierno inglés la muerte del Precursor. Otro, es Juan Germán Roscio, el descendiente de italianos redactor del Acta de Independencia. Documento que, por cierto, es copiado en caligrafía por otro italiano: Francisco Isnardi. Otro poco conocido italiano de esos tiempos es Bernardo Paner, un piamontés que, aprovechando el pánico colectivo que se conoce en la historia venezolana como el episodio del "Ejército de las Animas" se escapa con Páez de la mazmorra en la que los tenían los realistas de Barinas. A partir de ese momento, Paner servirá a las órdenes de Páez y llegará a obtener la jerarquía de Tambor Mayor. Con su caja de guerra, el rubio Paner caerá muerto durante la Batalla de Carabobo muy cerca de Negro Primero.

El último de los italianos poco nombrados de la independencia, al cual voy a hacer referencia es Sebastián Boguier, un marino genovés que se enroló en las fuerzas patriotas y peleó con valor en Cumaná, Margarita y el Orinoco, por lo que fue ascendido a capitán de Navío. Fue uno de los sitiadores de Puerto Cabello, a las órdenes de Páez. Pero la más honrosa misión que le tocó a este prócer, fue la de comandar la goleta "Constitución" en su viaje a Santa Marta a buscar los restos del Libertador. Por cierto, que la estatua de Bolívar que está en el Panteón Nacional fue hecha por un italiano, Tenerari; como también fue italiano quien fundió la estatua que está en la Plaza Bolívar de Caracas, Tadolini.

A partir de la separación de Venezuela de Colombia, las leyes dan prioridad a la inmigración de vascos y canarios, en razón del idioma. De hecho, de 1.100 personas que vinieron como inmigrantes en 1842, 1.027 son provenientes de España y sólo cuatro son italianos. En la segunda mitad del siglo XIX, empiezan a llegar los italianos en mayor cantidad. Los que llegan antes de 1850, son parte de una migración política; son los revolucionarios de la "Joven Italia" de Mazzinni, quienes deben huir de la península perseguidos por los gobiernos. Entre ellos, vienen mis ancestros, los primeros Pittaluga. A partir de 1870, la migración es principalmente por razones económicas; son los que, abrumados por los impuestos excesivos que debió cobrar la "Destra Storica" y por la decisión gubernamental de suprimir el subsidio a la pobreza, no les queda otro remedio que buscar nuevos horizontes en tierra extraña.

Aparte de la inmigración espontánea que se sucede casi ininterrumpidamente durante las primeras tres décadas de este siglo XX, puede decirse que durante el gobierno del general Gómez no hubo el más mínimo interés por fomentar la inmigración. César Zumeta, escritor, sociólogo y ministro de Relaciones Interiores de 1911 a 1914, explicó varias veces en gabinete que era necesario apoyar la inmigración. Todos sus argumentos fueron inútiles; el general Gómez, como buen andino, era desconfiado -por ello fue que logró permanecer en el poder hasta la muerte- y esa actitud aumentaba cuando de extranjeros se trataba. Toleraba a los canarios y españoles por tener nuestro mismo idioma y por ser, casi siempre, agricultores. Pero las diferencias de religión y de lengua despertaban sospechas en él. No veía con buenos ojos a los inmigrantes italianos, ya que desde Argentina le llegaban noticias de que muchos de éstos eran anarquistas o socialistas afiliados a la Primera Internacional; desde Brasil se le informaba que los seguidores de Giovanni Rossi habían organizado sociedades obreras de resistencia y, desde los Estados Unidos, se le hacía saber -con las deformaciones de la época- el caso de Sacco y Vanzetti. Para el año 1926, hay 3.009 italianos en Venezuela. De ellos, 239 residen en Carabobo. Pasan quince años y, para 1941, no ha aumentado casi nada la presencia italiana: sólo 25 más que en 1926; pero en Carabobo llega a los 400 italianos.

A la muerte del general Gómez, el general López Contreras, desde el mismo comienzo de su mandato, mostró un gran interés por promover el ingreso de hombres de otras tierras. Logró que el Congreso autorizara al Ejecutivo para fomentar la inmigración y lo facultara para crear juntas que se ocuparan del problema. Los requisitos para considerar inmigrante a un extranjero eran: su propósito de arraigarse en el país, fundar una familia e incorporarse definitivamente a la población nuestra. Además, debían ser de limpios antecedentes y buena conducta y tener el dominio de algún oficio, como agricultores, criadores, artesanos, industriales, mecánicos, etc.

En su programa de gobierno, el general López Contreras asume una posición muy clara sobre la inmigración: dice que entre las necesidades del país está la de "una población relativamente densa, físicamente fuerte, moral e intelectualmente educada y que disfrute de una economía próspera". Para lograr esto, dice, es necesario promover la inmigración y, para lograr su verdadera asimilación al medio, es indispensable que el país goce de libertad y que se dé una solución metódica a los problemas de la higiene pública, del trabajo, de las comunicaciones, de la educación racional, de la agricultura, de la política tributaria y comercial. "Un país que no cuente con esta preparación preliminar no podrá ofrecer un lugar deseable y permanente a la inmigración selecta que necesitamos, ni mucho menos retirar provecho alguno de ella".

En los tiempos de Medina Angarita, el pueblo venezolano realmente se mostraba satisfecho con el arribo de la gente que venía huyendo de la Segunda Guerra Mundial y con el ánimo de trabajar por el país. Tanto es así, que un grupo de intelectuales venezolanos entregó un manifiesto al ministro de Italia en Venezuela, donde pedían, entre otras cosas, que el "plan de acción se oriente a suministrar a los venezolanos una mejor información sobre el aporte demográfico procedente del país latino y, de igual manera, que los inmigrantes tomen contacto vivo y fraternal con el alma, los sentimientos democráticos y la Historia de Venezuela. Aspiramos a que los grupos humanos que ahora llegan desde lejanas latitudes, encuentren campo fértil para sus esperanzas y sumen energías y capacidad para el engrandecimiento y prosperidad de esta tierra americana, dispuesta siempre a recibir y acoger la savia de otros pueblos...".

La circunstancia no varía mucho con los gobiernos que siguieron al golpe de octubre del 45; sin embargo, vale la pena hacer notar que, en agosto de 1950, Uslar Pietri advertía sobre los peligros de la creciente llegada de inmigrantes. Decía que cada vez que un inmigrante desplazaba a un venezolano de un puesto de trabajo, éste no analizaba las verdaderas causas del hecho, sino que lo veía en forma hostil. Por eso, "si el país necesita inmigración hay que hacérselo entender, porque sería una grave contradicción que la economía nacional invitara inmigrantes y que el espíritu nacional, al mismo tiempo, los rechazara". Y, en verdad, el resquemor contra los extranjeros se manifestaba de cuando en cuando. En cierto momento, un grupo de ciudadanos maracaiberos protestó ante las autoridades porque -en lo que consideraban una "violación a la moral pública"- inmigrantes allí radicados asistían a la retreta en la Plaza Bolívar usando franelilla o camiseta.

También hubo inmigración infantil: 1.000 huérfanos de guerra fueron embarcados hacia Venezuela; ninguno de ellos sobrepasaba la edad de 7 años. El embajador, José Herrera Uslar, fue quien organizó el traslado de los pequeños inmigrantes. Estos vendrían en lotes de 50 niños, los cuales serían llevados a la colonia de Catia La Mar, donde permanecerían mientras eran adoptados por familias venezolanas.

El general Pérez Jiménez fue, a través de su política de concreto, dio un tremendo auge al proceso urbanístico en todo el país. Viviendas y vías de comunicación se transformaron en puntos claves de su gobierno, lo cual impulsó la inmigración espontánea y fue un factor decisivo para estimular a los constructores italianos, que vieron en este país el campo propicio para su elevación socioeconómica. En 1957, ingresaron al país más de 45.000 inmigrantes. De ese contingente, 24.022 eran italianos.

La noticia de la caída de Pérez Jiménez, en enero de 1958, causó conmoción en Italia, pues se corrió el rumor de que en Venezuela había una serie de manifestaciones anti-italianas y que había entre ellos, muertos y heridos. La situación realmente no fue tan grave, pero sí se produjeron ciertas expresiones de descontento contra la colonia italiana porque, para un vasto sector del pueblo, los italianos aparecían como simpatizantes del régimen y, porque el embajador italiano en Venezuela, Conde Giusti del Giardino, había sido acusado por sus mismos compatriotas de colaborar con el régimen de Pérez Jiménez, lo cual despertó entre algunos venezolanos sentimientos xenófobos. Lo cierto es que de 17.000 italianos que había en el país a la caída de Pérez Jiménez, sólo 2.400 abandonaron esta tierra para irse a la suya, según informó el sub-secretario de Relaciones Exteriores de Italia. Carmine del Martino, quien agregó que no había ningún peligro inminente para los italianos que permanecían en Venezuela. Lo cual era cierto.

A pesar de las circunstancias políticas a raíz de la salida del país del general Pérez Jiménez y del cambio de gobierno, el ingreso de inmigrantes continuó funcionando normalmente, de acuerdo con las solicitudes que ya estaban aprobadas por ambos gobiernos. Por esas mismas fechas, el nuevo director de Extranjería, coronel Vicente Marchelli Padrón, dio a conocer que de los 526.625 inmigrantes que se encontraban en el país, 337.640 estaban en el Distrito Federal, dedicados al comercio y a trabajos de "albañilería", y refiriéndose a otras entidades manifestó que en Carabobo había 32.628.

Lo que no pudo hacer la xenofobia que apareció de manera incipiente a la caída de Pérez Jiménez, lo lograron ciertas medidas tomadas por la Junta de Gobierno y Betancourt. Debido a que disminuyó el ritmo de la construcción, comenzaron el desempleo y la concentración de obreros desocupados en los centros urbanos. Ello dio origen al "Plan de Emergencia", ya que la masa de gente sin ocupación podía constituir un problema social. Tal plan no sirvió sino para originar una gran migración interna. Se desplazaron enormes cantidades de personas del campo a la ciudad, pues se corrió el rumor de que en ésta se conseguía remuneración por poco trabajo. La desocupación de quienes hasta entonces habían sido trabajadores, influyó también para que el nuevo gobierno restringiera la aceptación de inmigrantes.

Lo demás es historia reciente que todos conocen tanto como yo. Sólo me resta repetir lo que dijo otro descendiente de italianos, Gustavo D'Ascoli: "El inmigrante viene criado, educado y saneado por su patria natal; en esta forma, el país que lo acoge se economiza la educación, manutención y profilaxia de 20 a 25 años, lo cual significa una pérdida para su país de origen, puesto que lo invertido en educarlo y hacerlo hombre capacitado para el trabajo, lo aprovecha la nación donde viene como inmigrante". Y yo añado: Ellos han sido para Venezuela una riqueza mejor que la del petróleo, ya que éste se va a agotar algún día, mientras que ellos se renuevan e imbrican con nosotros con cada generación que pasa.

Gracias a Dios que vinieron!

 
 
 
 

 

EDICION XXIII ANIVERSARIO